CRÓNICA: Un 8 de marzo de hace 34 años.


CRÓNICA: Un 8 de marzo de hace 34 años.


Era un domingo como hoy.

Me levanté de aquella cama en la que llevaba años sacando los pies. Era al menos una habitación donde cerrando la puerta me perdía en mis pensamientos o mis lecturas o mis desvaríos de futuros que nunca se cumplieron. 

Atravesando aquel largo pasillo llegué a la cocina donde ya mi madre había encendido aquella cocina de carbón con el aquel protocolo diario de sacar los restos quemados del día anterior y había introducido, separando con un gancho atizador, los anillos, carbón nuevo, astillas y lo había encendido con papel de periódico. 

Toda la casa se calentaba en esa fría mañana de marzo. 

Después de dar los buenos días a mi madre me afeité. Al volver al salón ya me había preparado un colacao caliente dejando al lado una bolsa de papel mojada por el aceite de las porras recién hechas que había dentro. 

En aquellos tiempos había varias churrerias por el barrio. La que mi madre elegía estaba en la calle Fernán González, entre Ibiza y Sainz de Baranda, y cuando podía se traía la porra de enmedio, le encantaba.

Ese domingo como muchos domingos había quedado con mi novia Maite y con mis amigos que por aquel entonces todavía vivían en el barrio.

Las quedadas se realizaban desde aquellos teléfonos donde con un dedo hacías girar el disco de los números después de oír el tono de que había señal. Aún recuerdo el sonido del disco agujereado al retroceder después de acompañar con el dedo un número hasta el tope.

Teníamos una ruta de cañeo por el barrio que empezaba por un vermú de grifo con pincho avinagrado en El Deseo, Sainz de Baranda con Antonio Arias. Después nos íbamos caminando hacia El Retiro y en Menéndez Pelayo hacíamos paradas en Casa Martín y en Sánchís. Qué tiempos cuando los amigos nos veíamos todos los días.

Maite y yo volvíamos a mi casa donde mi madre esperaba con un asado de carne que había hecho en la cocina de carbón. 

Por la tarde habíamos quedado con mi amigo Jesús y fuimos a tomar algo por aquellos lugares emblemáticos que tanto nos gustaba ir, Voltereta, Qué tal, Revolver (Antes Splash) dónde escuchábamos a Depeche, The Smiths, The Cure...

Picoteamos algo por la zona y nos dirigimos a la calle Viriato a tomar una copa en otro templo de la época, el Así Sea.

De camino nos encontramos con coches celebrando la victoria de nuestro equipo de baloncesto, el Estudiantes. Había ganado la final al CAI Zaragoza. Herreros,  Orenga, Azofra, Pinone, jugadores que marcaron aquella época. 

Llevamos a Maite a su casa y volví a Doce de Octubre.

Mis padres ya se habían acostado.

A eso de las dos menos veinte mi puerta se abrió de golpe. Mi padre me dijo que a mi madre le había pasado algo. Respiraba muy mal y no volvía en sí. En menos de un minuto llamé a urgencias y volví con ella. Murió en mis brazos. La UVI no tardó más de diez minutos. A las 2 había fallecido. El disfribilador no evitó que se marchara.

Al día siguiente una de las dos hojas de la puerta del portal del número 19 de la calle Doce de Octubre quedó fija. Una señal en el Madrid castizo de que había fallecido un vecino. Las hojas de condolencias se colocaron junto a la portería. Mi madre estuvo de cuerpo presente como lo había estado diez años antes mi abuelo. La casa se llenó de vecinos, de amigos, de familiares, todos incrédulos. Concepción, Concha,  era muy conocida en aquel barrio.

El ataud salió de la casa subiendo escaleras desde el bajo. Y en una caravana de tristeza fue llevado a la iglesia de la Ascensión de Nuestra Señora, en Valdepielagos, donde tuvo lugar una misa.

Aquel dia, bajo un cielo muy azul bajamos tras el coche fúnebre desde la puerta de la iglesia, rodeando la barbacana, carretera abajo. 

Aquella castiza nacida en la calle de Los Madrazo en 1936 fue enterrada en el camposanto, junto a mis abuelos y bisabuelos.

Ya no fue más a la plaza, como decía mi abuelo al referirse al mercado de la calla Ibiza, junto a la tienda de cromos de Pirulo.

Mi madre no conocía de nóminas y contratos. Nunca recibió un salario por su trabajo. Murió sin llegar a cumplir 56 años al finalizar el día de la mujer trabajadora.

Nadie le explicó lo que era la igualdad porque ni siquiera le preocupaba a su marido explicárselo.

Nunca la oí protestar a pesar de sentirse cansada.

Me hubiera gustado con los años pasear por El Retiro con ella. Hacerle la compra todos los días, prepararle su comida preferida y recoger la cocina mientras se tomaba un café que le hubiera preparado.

Me hubiera encantado dejar en sus brazos a su nieta para que le sonriera. O abrirle la puerta de mi casa cuando viniera. Le hubiera dedicado mis cuatro libros y le hubiera leído cuentos o crónicas que yo mismo le habría escrito. Le hubiera podido dar dos besos todos los días mientras miraba la profundidad de aquellos ojos verdes que tenía, pero...  aquella noche algo o alguien decidió robarme mís deseos al igual que a ella le robó la vida.

Aquel ser bueno yace enterrado en esa ladera de Valdepiélagos, en el camposanto, frente a los olivos, donde alguna rapaz se dibuja suspendida en los días de viento sobre esa biblioteca de vidas pasadas, de muchas mujeres trabajadoras, que sin ellas no existiríamos. 

No sé si a nadie más le importó pero yo sí puedo decir que conocí a una de aquellas mujeres trabajadoras.

Y era mi madre. 


@agustindelasheras

@cronistadevaldepielagos

@presidentecronistasmadrileños

Comentarios

Entradas populares de este blog

CRÓNICA: Crónica de 2025. Fastos y nefastos de un año.

CRÓNICA: Monika, no de Hipona, sino de Valdepiélagos.

CRÓNICA: 40 ANIVERSARIO DE LA ASOCIACIÓN CULTURAL EL PILAR, DE VALDEPIELAGOS.