CRÓNICA: El aroma de Madrid


CRÓNICA: El aroma de Madrid.


El programa de las Fiestas de la Comunidad de Madrid y de San Isidro 2026, de la Casa de Madrid en Barcelona, recoge un escrito mío, que han seleccionado, de título "El aroma de Madrid".


Página 12


EL AROMA DE MADRID


Al igual que una fragancia te hace recordar a una persona, puedes llevar Madrid dentro de ti a pesar de lustros en el tiempo y de leguas en la distancia. De tal forma que cerrando los ojos, inmerso en alguna nostalgia y melancolía, un olor te puede hacer visualizar cualquiera de sus rincones.


Quizás el castigo pueda ser encontrar ese olor parecido en otro lugar lejano que, como el perfume de la amada o el amado percibida en otra persona, te recuerde a la capital. Y no sea ella.


Madrid no es sólo el olor a gasolina recién consumida o el cloro de sus piscinas en el verano. Ni el olor a sierra que te acerca el viento cuando te acaricia, mientras cruzas el viaducto por la calle de Bailèn.


El sentido del olfato graba a fuego los recuerdos de cualquier madrileño. Aquel que nos trae Madrid a nuestra memoria aunque nos encontremos muy lejos en la distancia o en el tiempo, y ya no estemos en sus calles o en sus plazas o en sus parques de ahora o en pasados momentos que alguna vez nuestro olfato descubrió.


Madrid es un recuerdo y un presente que nos ha impregnado con este sentido. Y cualquier madrileño de nacimiento o vecino durante años sabe de lo que escribo


Recordar el olor a chocolate espeso y a porras y churros crujientes recién hechos es haber estado en San Ginés. 


El olor a incienso, junto al de flores frescas, unido al de torrijas y pestiños nos lleva a la Semana Santa en cualquiera de las procesiones que recorren sus calles.


El olor a castañas asadas despierta la sensación de estar cerca de las fiestas navideñas por esas calles frías llenas de familias en busca de alguna figurita para estrenar en algún belén.


La esencia de merlitones, napolitanas y caracolas recién hechas te lleva a cuando sales por las escaleras del metro en la estación de Sol.


El aroma a calamares rebozados te hace visualizar los soportales de la plaza Mayor y sus calles empedradas de historia.


La hierba recién cortada te lleva a algún pasado en El Retiro donde si se mezcla con el olor a libros nuevos sueñas con el Paseo de coches y si es a libro viejo, te sitúa en la cuesta de Moyano. 


No hay sitio igual en el mundo donde las baldosas de las aceras huelan a suelo mojado, después de la tormenta, como en Madrid.


Pero la nostalgia no es sólo distancia sino también tiempo. Porque aún estando a la orilla del mar o en lo alto de cualquier montaña los madrileños llevamos con nosotros esencias del pasado. Quién no recuerda el olor a olla cerrada que deja escapar todo los manjares que una madre había metido dentro para prepararnos un cocido. O aquel olor salvaje a animales a quién alguna vez paseó por la antigua Casa de Fieras. O aquellos veranos en sus calles y aquel asfalto recién pavimentado o simplemente derretido en lejanos meses de agosto.


Fragancias de superficie de otra época junto al aroma subterráneo metálico al bajar al metro, que procedía de sus vías y de sus frenos que se mezclaba con la naturaleza humana.


Hasta el olor a violetas te transporta a la puerta de una bomboneria donde se esculpen caramelos con ese aroma.


Si habéis vivido en Madrid en algún ayer o en algún presente, simplemente cerrando los ojos aunque os encontreis muy lejos, vuestra memoria recordará olores y estampas de nuestra ciudad y os situará en ella.


Llevamos a Madrid en nosotros mismos y nada ni nadie nunca nos lo hará olvidar.


Pero ahora que se acerca el mes por excelencia madrileño quien ame Madrid no puede vivir solo con el recuerdo. Necesita revivirlo.


Y vivir este mayo tan nuestro se consigue viniendo a la capital a disfrutarlo o al menos compartirlo con otros madrileños como nosotros, si estamos lejos.


Conmemorar el dos de mayo aunque sea un recuerdo histórico y lo lleves muy dentro es necesario hacerlo en compañía en cualquier lugar que nos pueda transportar a las raíces de lo nuestro. 


Aunque no podamos acudir a la corrida goyesca en Las Ventas o bien ofrecer flores a nuestros héroes en el mismo Cementerio de la Florida, empecemos al menos vistiéndonos de goyescos. Majas ellas, con corpiños ajustados de terciopelo y seda, faldas amplias con delantales encima, mangas espaciosas ajustadas a las muñecas y todas engalanadas con peinetas, pañuelos y redecillas rodeàndose de un mantón. Y majos ellos con chaquetilla bordada corta, pañuelo al cuello y fajín, pantalones ajustados que no bajan de la rodilla, medias blancas y redecilla.


Esto para celebrar lo del francés porque a mediados del mes florido llegará la fiesta de nuestro patrón San Isidro. Y aunque Madrid se encuentre lejos, las mujeres pueden siempre vestirse de chulapas con vestidos largos lisos o con lunares, ceñidos a la cadera, con vuelo y volante en el bajo, mangas de farol en la blusa, pañuelo blanco en la cabeza con su correspondiente clavel y otra vez el mantón de Manila cubriendo hombros y espalda. Y ellos de chulapos bien aprendidos, con parpusa, mañosa o chupa, camisa blanca y alares negros, safo al cuello y clavel en el bolsillo.


Y ya creado el escenario, siempre habrá un momento de llenarlo todo del aroma de claveles y albahaca, y buscar barquillos y rosquillas, tontas y listas. Y si no podemos freír y oler gallinejas y entresijos, hagamos bocatas de calamares o bien, en una inmensa olla, esmerémonos en elaborar juntos un cocido cuya esencia invada el lugar donde nos encontremos.


Y ese olfato madrileño que llevamos, al olerlo todo, nos haga pensar que estamos en el mismo Madrid.


@agustindelasheras 

@cronistadevaldepielagos 

@presidentecronistasmadrileños aroma de Madrid.


El programa de las Fiestas de la Comunidad de Madrid y de San Isidro 2026, de la Casa de Madrid en Barcelona, recoge un escrito mío, que han seleccionado, de título "El aroma de Madrid".

Página 12


EL AROMA DE MADRID


Al igual que una fragancia te hace recordar a una persona, puedes llevar Madrid dentro de ti a pesar de lustros en el tiempo y de leguas en la distancia. De tal forma que cerrando los ojos, inmerso en alguna nostalgia y melancolía, un olor te puede hacer visualizar cualquiera de sus rincones.

Quizás el castigo pueda ser encontrar ese olor parecido en otro lugar lejano que, como el perfume de la amada o el amado percibida en otra persona, te recuerde a la capital. Y no sea ella.

Madrid no es sólo el olor a gasolina recién consumida o el cloro de sus piscinas en el verano. Ni el olor a sierra que te acerca el viento cuando te acaricia, mientras cruzas el viaducto por la calle de Bailèn.

El sentido del olfato graba a fuego los recuerdos de cualquier madrileño. Aquel que nos trae Madrid a nuestra memoria aunque nos encontremos muy lejos en la distancia o en el tiempo, y ya no estemos en sus calles o en sus plazas o en sus parques de ahora o en pasados momentos que alguna vez nuestro olfato descubrió.

Madrid es un recuerdo y un presente que nos ha impregnado con este sentido. Y cualquier madrileño de nacimiento o vecino durante años sabe de lo que escribo

Recordar el olor a chocolate espeso y a porras y churros crujientes recién hechos es haber estado en San Ginés. 

El olor a incienso, junto al de flores frescas, unido al de torrijas y pestiños nos lleva a la Semana Santa en cualquiera de las procesiones que recorren sus calles.

El olor a castañas asadas despierta la sensación de estar cerca de las fiestas navideñas por esas calles frías llenas de familias en busca de alguna figurita para estrenar en algún belén.

La esencia de merlitones, napolitanas y caracolas recién hechas te lleva a cuando sales por las escaleras del metro en la estación de Sol.

El aroma a calamares rebozados te hace visualizar los soportales de la plaza Mayor y sus calles empedradas de historia.

La hierba recién cortada te lleva a algún pasado en El Retiro donde si se mezcla con el olor a libros nuevos sueñas con el Paseo de coches y si es a libro viejo, te sitúa en la cuesta de Moyano. 

No hay sitio igual en el mundo donde las baldosas de las aceras huelan a suelo mojado, después de la tormenta, como en Madrid.

Pero la nostalgia no es sólo distancia sino también tiempo. Porque aún estando a la orilla del mar o en lo alto de cualquier montaña los madrileños llevamos con nosotros esencias del pasado. Quién no recuerda el olor a olla cerrada que deja escapar todo los manjares que una madre había metido dentro para prepararnos un cocido. O aquel olor salvaje a animales a quién alguna vez paseó por la antigua Casa de Fieras. O aquellos veranos en sus calles y aquel asfalto recién pavimentado o simplemente derretido en lejanos meses de agosto.

Fragancias de superficie de otra época junto al aroma subterráneo metálico al bajar al metro, que procedía de sus vías y de sus frenos que se mezclaba con la naturaleza humana.

Hasta el olor a violetas te transporta a la puerta de una bomboneria donde se esculpen caramelos con ese aroma.

Si habéis vivido en Madrid en algún ayer o en algún presente, simplemente cerrando los ojos aunque os encontreis muy lejos, vuestra memoria recordará olores y estampas de nuestra ciudad y os situará en ella.

Llevamos a Madrid en nosotros mismos y nada ni nadie nunca nos lo hará olvidar.

Pero ahora que se acerca el mes por excelencia madrileño quien ame Madrid no puede vivir solo con el recuerdo. Necesita revivirlo.

Y vivir este mayo tan nuestro se consigue viniendo a la capital a disfrutarlo o al menos compartirlo con otros madrileños como nosotros, si estamos lejos.

Conmemorar el dos de mayo aunque sea un recuerdo histórico y lo lleves muy dentro es necesario hacerlo en compañía en cualquier lugar que nos pueda transportar a las raíces de lo nuestro. 

Aunque no podamos acudir a la corrida goyesca en Las Ventas o bien ofrecer flores a nuestros héroes en el mismo Cementerio de la Florida, empecemos al menos vistiéndonos de goyescos. Majas ellas, con corpiños ajustados de terciopelo y seda, faldas amplias con delantales encima, mangas espaciosas ajustadas a las muñecas y todas engalanadas con peinetas, pañuelos y redecillas rodeàndose de un mantón. Y majos ellos con chaquetilla bordada corta, pañuelo al cuello y fajín, pantalones ajustados que no bajan de la rodilla, medias blancas y redecilla.

Esto para celebrar lo del francés porque a mediados del mes florido llegará la fiesta de nuestro patrón San Isidro. Y aunque Madrid se encuentre lejos, las mujeres pueden siempre vestirse de chulapas con vestidos largos lisos o con lunares, ceñidos a la cadera, con vuelo y volante en el bajo, mangas de farol en la blusa, pañuelo blanco en la cabeza con su correspondiente clavel y otra vez el mantón de Manila cubriendo hombros y espalda. Y ellos de chulapos bien aprendidos, con parpusa, mañosa o chupa, camisa blanca y alares negros, safo al cuello y clavel en el bolsillo.

Y ya creado el escenario, siempre habrá un momento de llenarlo todo del aroma de claveles y albahaca, y buscar barquillos y rosquillas, tontas y listas. Y si no podemos freír y oler gallinejas y entresijos, hagamos bocatas de calamares o bien, en una inmensa olla, esmerémonos en elaborar juntos un cocido cuya esencia invada el lugar donde nos encontremos.

Y ese olfato madrileño que llevamos, al olerlo todo, nos haga pensar que estamos en el mismo Madrid.


@agustindelasheras 

@cronistadevaldepielagos 

@presidentecronistasmadrileños

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