CRÓNICA: Terror en las calles de Valdepiélagos.
Siempre han existido criaturas peligrosas en los cuentos y en los relatos antiguos que, cuando somos niños, hacemos reales en las sombras, en los silencios y en los lugares escondidos. Y creemos que van a aparecer siempre aprovechando nuestra soledad.
Quién no ha tenido miedo de aquel lobo malvado que se le aparecía a Caperucita Roja cuando iba sola por el bosque. O esa criatura dulce en forma de conejito blanco, que con sus rápidos movimientos y afilados dientes cortaba las cabezas de los caballeros, de la mesa cuadrada, el Conejo de Caerbannog.
Aunque yo doy fe que cuando era niño y me llevaban a Valdepiélagos conocí animales peligrosos dignos de ser recordados con los amigos una vez volvía a la ciudad.
A uno de ellos le vi venir de frente y me faltó poco para salir montado como hereje en un auto de fe. Salimos por la puerta de atrás de la casa de Tasito y Pilar, una casa situada junto a la de mis tíos abuelos Emilia y Casimiro, en la calle Mesones. No sé si recuerdo bien, era muy pequeño, pero íbamos mi padre, su primo Tasito, Anastasio Herradas Frutos, hijo de Marcelina, hermana de mi abuela Antonia, y un servidor. Entramos en un corral donde creo recordar vacas y nos dirigimos a una puerta de madera atrancada. Todo sucedió en un instante. No sé si oí primero el “quita de ahí al chico” pronunciado por Tasito o noté la mano de mi padre agarrándome del jersey por detrás mientras que me levantaba en vilo o me echaba a un lado, De aquel lugar oscuro que resultó ser una cochiquera salió un marrano enorme que casi acaba con mi aliento. Lo siguiente lo vi tras las piernas de mi padre. Aquel bicho me parecía endemoniado entre gruñidos, chillidos y guarridos aterradores. No quise imaginarme cómo sería llegando a San Martín.
Hablando esta mañana con mi amigo Isidro de las Heras me contaba que en las calles de Valdepiélagos también existían estos animales dignos de pertenecer al mismo infierno.
Isidro vivía en la calle de la entrada al pueblo, la siguiente a la de nuestra prima Alicia y Teodoro, el número 7 de la calle Mayor, de aquella época. En aquella casa vivía con sus padres Enrique de las Heras y Felisa Gil, y sus abuelos maternos, Serafín Gil y Juliana Pérez. El corral y las cuadras estaban en la parte de atrás, donde en un patio tendían las ropas lavadas en el arroyo. Juliana siempre iba de riguroso luto tras la muerte de Clodoaldo, Murió envenenado por comer los frutos de la acacia.
Pues volviendo a la historia de la criatura endemoniada, algunos días, la madre de Isidro le mandaba a por pan a la panadería del Recio, y a por recados a la tienda de César, que también era taberna. Felisa le mandaba a Isidro por la calle de las Cobachuelas, seguir por la calle de la Escarcha para llegar a la actual plaza de Julia Merodio Rico. De esta forma el niño no iría por la carretera y evitaría los coches.
Y como en el cuento de Caperucita aquí empezaba la aventura para Isidro.
Estábamos entre 1966 y 1970.
Entre los mandados estaba el del pan, que casi siempre era una hogaza, que además de para las comidas servía para merienda de los niños cortada en rebanadas que mojaban en vino y cubrían con azúcar.
El resto de la compra Felisa se lo apuntaba a Isidro en un trozo de papel para que no se le olvidara nada. Algunos días llevaba una botella de casa para comprar aguardiente corriente para su abuelo.
La aventura comenzaba al torcer a la derecha en la actual calle Alcalá. Una calle de tierra que terminaba en el arroyo seco, no tan seco, donde las mujeres de este lado del pueblo iban a lavar la ropa. Para ello deshacían la represa que habían hecho para que se limpiará el agua y la volvían a hacer cabando cepellones de hierba y aplastándolos con piedras para que quedara un muro compacto. El muro se remataba con losas grandes y en medio una losa más baja que las demás por dónde seguía corriendo el agua del arroyo.
Isidro ya miraba asustado calle abajo. Pero nada. Apresuró sus pasos para torcer a la izquierda por la calle Cobachuelas y entonces... oyó el glugluteo. Antes de doblar la esquina donde estaba la casa de Genara Gil apareció su bestia.
Un pavo enorme con su cabeza pelada con patas robustas, papada roja, zarzo, bajo el pico, y una protuberancia enorme sobre el pico, redecilla, que le colgaba hacia abajo, y que enseguida enfiló su objetivo, Isidro.
Este demonio emplumado picaba a todo el que por allí pasaba.
Genara Gil era delgada, muy menudita, con gafas, y casi siempre se asomabaa a la puerta. El pavo era suyo y atacaba a todo el que pasara por su puerta cuando estaba en la calle. Levantaba la cabeza, se ponía a gluglutear y cuando estabas a cierta distancia se tiraba a picarte.
Isidro siempre intentaba engañarle y con un regateo huía corriendo por un lateral. Si no lo conseguía, era verano y llevaba pantalón corto... picotazo.
El niño corría hasta llegar a la calle Escarcha mirando hacia atrás asegurándose que la bestia no le seguía. Ya empezaba a oler a pan recién hecho.
Llegaba a la panadería sin aliento, antes del final de la calle, a la derecha y compraba el pan. Luego iba a la tienda de César.
César tenía tienda y bar. La tienda estaba a la izquierda con un mostrador de madera oscura muy alto para los niños, en forma de "L", con estanterías detrás. Las mesas del bar estaban a la derecha donde por la noche se jugaba al mus. Hoy es el autoservicio Pascual. Isidro esperaba el pedido y pensaba que por la noche acompañaría a mirar a su padre jugar al mus en una mesa pegada a la pared y con un poco de suerte se beberla una mirinda mientras les veía.
César le daba la bolsa e iba hacia la puerta.
Pero justo al salir con las compras solo le invadía una idea... había que volver por donde la bestia.
Nota. Agradezco a Isidro que me contara esta historia. Sin él hubiera sido imposible. Animo a quién recuerde alguna vivencia del pasado me la comente. Solo lo que queda escrito permanece. Gracias.
@agustindelasheras
@cronistadevaldepielagos
@presidentecronistasmadrileños
Fotos
Isidro De Las Heras en la Fuente de la Tejera
Su hermano Alfonso de las Heras, Felisa Gil Perez, Enrique de las Heras Ramos, Isidro de las Heras, Cipriana Ramos Fernández.
La casa de Genara Gil y los dominios del pavo.

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